martes, mayo 15, 2007

EL CASO PETRITXOL

La tesis me ha permitido recordar, qué extraño, que mucho antes de querer ser filóloga, escritora o pintora, soñaba en convertirme en detective privado. En mis delirios infantiles me imaginaba en un enorme despacho lleno de álbumes con fotografías de sospechosos, libros, archivos y cajas llenas de pistas y herramientas; aguzando el oído, alerta ante lo que pudiera ocurrir, recorriendo calles enfundada en una gabardina oscura, sombrero y gafas ahumadas, pasando largos ratos de espera agazapada y atando cabos al final de la jornada en un café apartado del centro. Todo vino, creo, gracias a un librito para niños que teníamos en casa –¡lo que daría por recuperarlo o recordar su título!- en el que se explicaba el oficio con todo tipo de informaciones y trucos para llevar a término una pesquisa. A falta de clientes me busqué mi propio caso y empecé a andar tras la pista de un merodeador barbudo que rondaba mi casa. En un cuaderno tracé su retrato-robot y escribí detalles sobre su indumentaria, vehículo y las horas en las que aparecía; hasta le apodé con un nombre cazado al azar, "Petritxol", cuando ignoraba que así se llamaba la recóndita callejuela barcelonesa a la que uno llega guiado por su poderoso aroma a chocolate deshecho y pastas calientes. Lo único que temía era el momento de echar el guante al criminal, pero libre de complejos feministas decidí que de esa parte se ocuparía mi hermano, compañero de juegos y socio del proyectado gabinete. Un día "Petritxol" desapareció y no tuve más remedio que enrolarme en el mundo novelesco de la mano de célebres inspectores -Holmes, Poirot, Maigret- y enamorarme de los héroes que protagonizaban novelas de peligrosos contrabandistas, robos y asesinatos que sucedían en mansiones inglesas a lo Gosford Park mientras se celebraban fiestas y se fumaba tabaco de rapé y pipa. Nunca más me interesó la novela policíaca, pero últimamente me da la sensación de haber recuperado aquel entusiasmo inicial del caso "Petritxol". Sigo pistas, recojo apuntes dispersos que luego he de hilvanar, paseo entre notas al pie, recorro hemerotecas en busca de un hallazgo que arroje luz a mi modesto caso y saboreo la búsqueda -a veces costosa- con una mezcla de ingenuidad, alegría y misterio. Esta vez también me he servido de un librito; lo descubrí en casa de AnaCó. En él he encontrado huellas muy útiles y experiencias alentadoras:
No había en él ni principio, ni medio, ni fin. Solamente había ante él una amplia materia caótica, cuyas formas se vislumbraban vagamente en la niebla. A medida que algunas partes destacaban de las tinieblas, anotaba rápidamente sus contornos. A menudo, indicaciones breves, una palabra, un rasgo fugaz, un relámpago más que un pensamiento, un signo que señalaba que había que buscar por ese lado; de tarde en tarde alguna indicación precisa, y aquí y allá, como en las cacerías, una rama rota para encarrilarnos de nuevo, una promesa de retorno.
* * *
Lo principal es hacer lo que aconsejaba el viejo Eclesiástico: darse alegría en el trabajo, hacer gozar al alma en medio del trabajo.
(Jean Guitton: El trabajo intelectual, Rialp. 2005, pp. 60 y 155)

sábado, abril 28, 2007

DEFENSA DE LA MINORÍA (E)LECTORA

Ya pasó el día de San Jorge, y con él un torbellino de libros y rosas. Por sincero amor a la ficción y a las tradiciones, cada 23 de abril asisto con gusto al espectáculo efímero y disfruto imaginando que en esta era digitalizada y desenamorada los hombres vuelven a casa no sólo con la barra de pan, sino también con un libro bajo el brazo y que aún existen sensibles caballeros que buscan la mejor flor para su dama. Eso sí, siempre contemplo la escena a una distancia prudente; me acerco lo justo a los puestos, no sea que la carroza se convierta en calabaza antes de las doce: intento no distinguir los títulos sobre los que se abalanzan las gentes, ni fijarme demasiado en las rosas clónicas amontonadas en los cubos de las floristerías. Pero tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar. A medianoche viene la melancolía y sufro por todos esos libros que van a ser abandonados; por todos esos jarrones en desahucio hasta el próximo año y por los millares de autores que no fueron incluidos en las listas del magazine dominical y no han podido abrir el apetito de la masa y aliviar así el suyo. A la mañana siguiente todo ha parecido, en efecto, un sueño. Quedan las guirnaldas caídas tras la fiesta: puntos de libro que anuncian próximos best-sellers, pétalos marchitos en el suelo, banderitas ondeando lánguidas en los balcones, estantes a rebosar y pasillos vacíos en las librerías. Al pasear por las calles y toparme -como es habitual- sólo con tres o cuatro personas y con una o dos librerías, me olvido ya de la barahúnda de la jornada anterior, y me entusiasmo al pensar en esa minoría (e)lectora que elige, busca y rebusca en librerías recónditas o en catálogos infinitos de Internet hasta encontrar el libro que sólo una vez oyó y le interesó; libro que compra y lee con fruición aunque su autor jamás pise un plató televisivo ni firme en el Corte Inglés. Claro que este cantar no es nuevo. En los años 40 Pedro Salinas defendía a la minoría lectora y aborrecía tanto a los clubs o sociedades del libro como a las personas que, por comodidad, se privaban del gratuito lujo de elegir sus lecturas:
El fantasmón de siempre, el tiempo, empuja a muchos a olvidarse del derecho y, lo que es más grave, del deber, de tener en activo, ellos mismos, su facultad selectiva, y la abandonan perezosamente. Peligro, éste, de que la sociedad tutora, en lugar de estimular la actividad intelectual, moviéndola a operar por cuenta propia, la embote y la reduzca a un simple aceptar, mensual, automático, lo que han escogido los demás [...] Los intereses creados, entonces, empujan a los seleccionadores a elegir, con el pensamiento puesto no en el mérito puro de las obras en cuestión, sino en las probabilidades de que el gusto público acepte clamorosamente su fallo y el libro lo adquiera la gran mayoría de los abonados.
Así que no deberíamos agobiarnos tanto por el apabullamiento de novedades, listas y cientos de títulos que debemos leer para poder hacer un buen papel en la sociedad, sino por saber elegir, desbrozar, seleccionar, y guardar un poco de tiempo para leer y releer bien esos pocos libros elegidos. Y que eso nos baste:
Lo que conviene es conformarse: conformidad con el tiempo que nos es dado por providencia de Dios, conformidad con esa realidad que se nos impone de no leer en ese trecho temporal más libros que los que en él quepa leer, honda, fecunda y delicadamente. ¿Que no pueden ser muchos? Pues que sean buenos.
(Pedro Salinas: "Defensa de la lectura")

domingo, abril 15, 2007

DETRÁS DE LAS NUBES

Nunca pensé que no me haría falta tener nueve años para imaginarme allá por detrás de las nubes a los seres que se han ido al cielo, con rostros llenos de luz paseando entre mullidos campos verdes. Aunque es cierto que los ancianos con alzheimer dejan de reconocer a sus familiares, de un tiempo a esta parte no me preocupó tanto que ella no recordara nuestros nombres, sino más bien que sonriera y mantuviera los ojos abiertos o durmiera con gesto reposado y apretara la mano al notar la mía en la suya. Pero es hermoso saber que mi abuela ahora re-conocerá todo; volverá a conocer a su marido, a sus hijos, a sus nietos y biznietos; y esta vez para siempre.

Las palomitas de almíbar y el bizcocho, las tardes de tebeos en el balancín, su cara asomada en el cuarto de coser mientras remataba aquel conjunto azul que me encantaba llevar en verano, el "mi niña, me traes la caja de los botones", sus ojos atlánticos y la ansiosa espera del agosto para ir juntas a recoger las moras que trepaban tras la tapia, el relato de aquel baúl que trajeron de Canarias, los bailes y su “palmeeero sube a la palma/ y dile a la palmerita/que se asome a la ventana/que su amor la solisitaaa....”; sus hermanas Lucila y Luciana -la rebelde y la bendita- como sacadas de un cuento; la foto en blanco y negro de cuando era joven y novelera; la imagen del abuelo en la cocina preparando guisos e historias para chuparnos los dedos todos los miércoles, Garachico y los Realejos, su saludo alegre desde la ventana, las lanas de “la labor” interminable, el sombrero de paja. Y después los olvidos y la tristeza, la búsqueda constante y la dulzura de una sonrisa ocre, los impacientes “vamos, vamos” con su poco de mal genio que se evaporaba pronto, los suspiros de nostalgia y agradecimiento, su memoria tan embarullada como la madeja; y a pesar de todo, algunos rincones intactos. El enigma de aquella retahíla de palabras increíbles y frases descabaladas, de todo un lenguaje nuevo hecho de gestos, susurros y miradas que hubiéramos querido descifrar por completo. Y luego las siestas demasiado largas, y el paso cada vez más lento, y una mañana el silencio roto por la voz de su hija que en todo momento la arropó como su madre hiciera antaño con ella, mucho antes de saber que su vida renacería un día, entera, en la memoria y en el alma de los que nos quedamos aquí abajo, deseando que se aparten un poco las nubes.

lunes, marzo 26, 2007

LA MUJER Y SU SOMBRA

Últimamente me había parecido observar en mis trayectos en autobús cierta tendencia a la masculinización en buena parte de quinceañeras; no en su apariencia -pues lucen largas melenas con mechas, carmín y pestañas infinitas- sino más bien en su discurso cotidiano, especialmente cuando se refieren a las incipientes relaciones amorosas. Es sabido que las mujeres somos más críticas con nuestras congéneres, y por eso traté de ser justa y fijarme también en el discurso de los chicos: la impresión fue muy parecida, idénticos términos y eso sí, un tono algo más rudo. No digo que tengan que hablar como cursis personajes de novelas rosas ni que sea bueno el bovarismo, pero ya decía Antonio Machado que a las palabras de amor le sienta bien su poquito de exageración, esto es, su pizca de poesía, de lirismo y creación, qué sé yo, incluso les va bien su poquito de silencio, un espacio íntimo y secreto que no sea aireado a voces en el transporte público. En La mujer y su sombra Julián Marías diagnosticó una "crisis de lirismo"que afecta a hombres y a mujeres, y aun más a ellas, noveleras habituadas a ser seducidas por la palabra, a narrar(se) su vida sentimental:
«El amor consiste fundamentalmente en decirse cada uno al otro, forma radical de “darse” personalmente [...] El amor consiste muy principalmente en hablar, y el declive de la conversación lo afecta profundamente. Hace falta lo que solo en algunas épocas existe: un lenguaje amoroso. El amor ha usado siempre –o casi siempre- la seducción por la palabra, principalmente por parte del hombre. La palabra lleva al descubrimiento de un mundo iluminado por el reflejo del amor, y esto suele ser un poderoso vehículo de su realización.»
(Julián Marías: La mujer y su sombra, 1987)
También para Carmen Marín Gaite el que no acierta a contar a otro o a contar a sí mismo una historia de amor, acaba dándose cuenta de que esa historia no ha existido. Por eso lamentaba que la desmitificadora juventud se escabulla de la "retórica amorosa" con el mismo ahínco que sus antepasados ponían en silenciar el acto carnal, y la sustituya por una nueva "retórica del desarraigo".
Y claro, a menudo al bajar del autobús me viene la nostalgia de aquel cantar de Augusto Ferrán que dejé copiado en mi agenda de BUP, para mantenerme a salvo:
Hay cuentos que no son cuentos
y que son una verdad;
escucha si no, morena,
el que te voy a contar.
"Se quisieron una hora:
no se olvidaron jamás..."
una hora es una vida...
es cuento, pero es verdad.

viernes, marzo 02, 2007

POR EL CAMINO

Marzo está aquí, con su viento tibio que se enfría de repente al anochecer y la mimosa en flor esparciendo copos amarillos por el césped del jardín. Un gato anaranjado se asoma entre las rejas, como pidiéndome permiso para entrar. Siempre hace lo mismo y antes de que le conteste ya se ha metido dentro; igualmente le digo que bueno, por ahora pase, pero por la tarde no quiero ni verte. Me gustan muy poco los gatos, sobre todo en la oscuridad, cuando detrás de una farola se nos aparecen sus ojos verdes o grises, bellos, fríos y misteriosos como aquéllos de la leyenda de Bécquer, y se quedan quietos, mirándonos hacia adentro, hasta que consiguen que nos dé un escalofrío y cambiemos de rumbo. Por la mañana es distinto, todo es distinto bajo la luz clara del sol y del cielo. Entonces existen las formas y los colores, pueden dejarse subidas las persianas y las puertas abiertas, no se oye el goteo de un grifo mal cerrado ni el zumbido tétrico de las palmeras, los gatos se vuelven prudentes y al fin nos libramos de esa absurda pesadilla en la que un desconocido nos persigue y no podemos correr, o hemos salido a la calle sin zapatos y no encontramos el camino de regreso a casa.

* * *
Paseo de un lado a otro, nerviosa, intentando organizar los próximos meses de ese horario extraño y anárquico del doctorando en el que unas pocas horas luminosas pueden salvar a todas las demás, obtusas y vacías. Al final me subo a una repisa alta para ver el almendro florido, melena de fresa y nata, de la casa vecina. Me quedo sentada allí arriba, mirándolo todo, el ladrillo, las nubes, la tierra, el almendro. Y pienso que yo no quería estudiar a los escritores, sino leer y ser escritora, para ver las cosas y saber nombrarlas y así quererlas más, y sobre todo intentar que mis lectores también las vieran, las nombraran, las quisieran. Abro el grueso libro que me acompaña, El camino de Miguel Delibes, una bonita edición facsímil del manuscrito, lleno de palabras tachadas y notas añadidas en los márgenes. Pero la primera frase está intacta, perfecta para iniciar o cerrar cualquier novela, precisa para amar esta mañana de marzo a pesar de las dudas, los gatos, el horario: “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así [...].

sábado, febrero 24, 2007

LA COSTILLA DE ADÁN

Decidme, ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI no hayan llegado a mi casa los nuevos roles de la sociedad postmoderna? Creo que lo más moderno que tenemos es la paridad –cuatro hermanas y cuatro hermanos-, y aquí el mérito no es del gobierno, cuidado. Con tanta revolución feminista no deja de sorprender que las madres sigan ejerciendo de mensajeras diplomáticas, palomas que transmiten a sus esposos propuestas arriesgadas, dulcificándolas por el camino, para que éstos, aun siendo extremadamente cerriles, acaben aceptándolas. Así sucedía cuando queríamos salir por la noche, y aún ahora, cuando la pequeña, de diecisiete años, ha de pedir permiso porque se ha montado un sospechoso plan de "estudio intensivo" con todas las amigas. Estas situaciones me hacen pensar siempre en el papel que hace Katharine Hepburn en Adivina quién viene esta noche, con qué delicadeza trata de mediar entre la pareja de risueños enamorados y la terquedad absurda de Spencer Tracy. Pienso, incluso, que el moderno Feijoo hubiera aprovechado esta película como ejemplo cuando se puso en el "grave empeño" de defender a las mujeres:
Diríase que la docilidad de las mujeres declina muchas veces a ligereza; y yo respondo, que la constancia de los hombres degenera muchas veces en terquedad. Confieso que la firmeza en el buen propósito es autora de grandes bienes, pero no se me puede negar que la obstinación en el malo es causa de grandes males.
(Benito Jerónimo Feijoo: "Defensa de la mujer", Discurso XVI, Teatro crítico universal, 1726-1740)
Además, como en el cine en blanco y negro, creo que las esposas siguen siendo expertas en intuir cuándo el marido está preocupado por algo, aunque éste no haya pronunciado ni una palabra. Y todavía saben elegir las corbatas que quedan mejor con uno u otro traje y qué zapatos convienen en cada ocasión; por eso ellos solicitan la supervisión femenina cuando no están seguros, que es muy a menudo, de si esta camisa de rayas pega con un pantalón de pana, o cuando no logran ver la diferencia entre el gris pizarra y el verde cobalto o lo que es peor, entre el azul marino y el negro. Será que hay cosas que no cambian, por mucho que nos vendan series de mujeres liberadas y de hombres autosuficientes que se bastan y se sobran porque pisan el asfalto de Nueva York con gafas de sol extragrandes y lucen un traje impoluto que ha elegido su asesora personal (por lo visto los empresarios VIP ahora pagan millonadas por ese tradicional servicio casero). O simplemente que en mi casa nos quedamos con algunos de aquellos motivos que daba Diego de San Pedro por allá en el siglo XV en favor de la sensibilidad y el consejo maternal-femenino.Y así de reaccionarios resultamos, ¡ay!, con razón:
La dezena [razón] es por el buen consejo que siempre nos dan, que a las veces acaece hallar en su presto acordar lo que a nosotros cumple largo estudio y diligencia buscamos. Son sus consejos pacíficos sin ningún escándalo, quitan muchas muertes, conservan las paces, refrenan la ira y aplacan la saña. Siempre es muy sano su parecer.
[...]
La razón dieciséis es porque nos hazen ser galanes: por ellas nos desvelamos en el vestir, por ellas estudiamos en el traer, por ellas nos ataviamos de manera que ponemos por industria en nuestras personas la buena disposición que naturaleza a algunos negó. Por artificio se enderezan los cuerpos, pidiendo las ropas con agudeza, y por el mismo se pone cabello donde fallece, y se adelgazan o engordan las piernas si conviene hazello; por las mugeres se inventan los galanes entretales, las discretas bordaduras, las nuevas invenciones; de grandes bienes por cierto son causa.
(Diego de San Pedro, Cárcel de amor, 1492)

viernes, febrero 16, 2007

CABALLO DE CARTÓN

Ironías de la vida, justo después de acabar de corregir exámenes, al poco de colgar mi entrada sobre Gracián en la que me recreaba en mi gozosa parsimonia, mientras me deleitaba pensando en el cuatrimestre que se abría libre y anchuroso para complacer a doña Tesis, me cayeron unas sustituciones de dos semanas a preparar en tiempo record. Quejarme, no me podía quejar de las preciosas asignaturas, pero sí de que precisamente por ello eran más difíciles y comprometidas: “Poesía española del siglo XX” y “Modernismo en España”. La segunda la salvé fácilmente con un recorrido por las revistas literarias de la época; la primera me costó Dios y ayuda, aturdida por múltiples dilemas: ¿Acudir a las antologías, a los manuales y estudios críticos, o seleccionar poetas y poemas a mi gusto?. Intenté compaginar ambas opciones a sabiendas de que se explica mejor cuando se participa o se disfruta de la materia. Pero en esos casos da más miedo meter la pata y destrozarlo todo; aunque los alumnos no lo adviertan, tú sí, y si no sale bien se te queda un sabor amargo de falsedad y traición. Hice lo que pude y, por supuesto, no me metí en la espesura contemporánea donde tantos críticos deambulan sin norte entre generaciones novísimas y tendencias experimentales, culturalistas, neosurrealistas y hasta ¿supragarcilasistas?, por no hablar del realismo sucio de los ’95, que a mí me recuerda a algunas imágenes de Arco ’07. No se me enfaden los jóvenes poetas andaluces (cuya obra, junto con la de Miguel d'Ors, la prefiero entre muchas) por no promocionarlos en el aula: quiero guardar sus poemas todavía un tiempo entre mis manos, bajo el rincón íntimo de la luz de mi mesilla, pasear largas horas con ellos en las mañanas de jardín; esto es, vivirlos y reposarlos antes para comentarlos cómo se merecen desde la distancia y la experiencia que, desde luego, aún me falta. Por eso les serví poemas de Juan Ramón Jiménez, Dámaso Alonso y Luis Rosales. Es cierto, digamos que opté por la prudencia, "una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño" que me he reprochado esta misma tarde, mientras revisaba las fotocopias que había repartido durante la semana:

AUTOBIOGRAFÍA

Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño, y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.
(Luis ROSALES, Rimas, 1951)

Poema -vivido y revivido- que me ha trasladado a otro que escribí yo hace algunos años, mecida más o menos por el mismo presagio trágico. Por aquel entonces fabulaba la historia de alguien que siempre estuvo preocupado en muchas cosas, dejándose a las importantes por el camino. Al final se quedó con las manos vacías, como un tonto, al pie del andén desierto. Sin prudencia ni recato os lo dejo también aquí:

EL JINETE EN LA ESTACIÓN
"porque en amor locura es lo sensato"
(Antonio Machado)

Suena un silbido agudo. Es el tren
que pasa relinchando, luciendo largas crines
de humo. Pronto el túnel engullirá
el galopar. Dejarán de centellear las vías.
Un jinete corre, corre hacia el andén, desierto.
Casi toda la tarde limpiando sus pistolas.
Abrillantando con cera la montura.
Practicando en el aire con las riendas.
Casi toda su vida. Y no haber entendido
el consejo del maquinista jubilado:
-¡Atento, joven!- le hubo advertido-
a esta estación a veces llegan
hermosos corceles desbocados.

[Tarragona, otoño del 2000]

viernes, febrero 09, 2007

VOCES VOLADORAS

Aunque amante del pensar solitario y, si es posible, lejos del ruido mundanal, siempre estuve de acuerdo con el cantar machadiano: En mi soledad/ he visto cosas muy claras,/ que no son verdad. La charla y los ojos del amigo tras el café humeante pueden derribar los espejos opacos en los que a veces nos perdemos, tropezando con nuestra propia sombra. El rostro de facciones y gestos aprendidos que de pronto nos sorprende con un matiz diferente, con un imprevisible arranque de alegría o de ternura. El otro lanza una moneda al aire y…¡voilà!, descubrimos una cara de la realidad que jamás habíamos sospechado en una larguísima duermevela, ni en todos nuestros líricos paseos por parques viejos y atardecidos. Y nuestro interlocutor nos cautiva, con todas esas palabras que brotan bajo el estimulante desafío de desempolvar ideas adormiladas y ofrecérnoslas transparentes y lúcidas, incluso por el puro afán de divertirnos. Pero cualquier día, en cualquier esquina, pensamos en la fragilidad de la vida y en la fortuna que sentimos al caminar al lado de aquella persona. Entonces deseamos pronunciar una frase, sencilla y auténtica, tocada de alma, como diría Juan Ramón. Pero esas pocas palabras se encogen antes de llegar al andén y se echan atrás, paso a paso, con sigilo. Al final llega la hora, silba el tren y otras palabras ruidosas llenan los amplios vagones. Luego sentimos como los puntos suspensivos se prolongan con ademán suplicante, se nos agarran al abrigo y estiran hasta hacernos retroceder. Con tristeza, recordamos al protagonista de Señora de rojo sobre fondo gris, cuando lamenta no haber dicho a tiempo a su mujer cuánto la amaba, cuán necesaria le era, y concluye que "la vida sería más llevadera si dispusiéramos de una segunda oportunidad". Pero por hoy ya es tarde: el teléfono ahogó tu voz en un pitido agudo; arrancó el motor del coche y tras la ventanilla no oye lo que musitamos desde la acera; al volver la esquina, su imagen se esfumó. Entonces es mejor callar y, al trasluz del aire, tratar de adivinar si lo que dice el poema de Salinas es cierto, que el silencio, para el que vive en amor, no es más que un buscarse trémulo entre dos voces voladoras. Quién sabe.

miércoles, enero 31, 2007

GRACIÁN, EL EQUILIBRISTA

Algunos sabéis que en mí la serenidad gana el pulso a la velocidad. Por eso me vencen también los plazos para entregar solicitudes y firmar actas, y me derrota la premura que exigen las supuestas palabras veloces del blog y el centón de páginas blancas de la impaciente tesis, y encima me pongo nerviosa porque quiero cumplir a tiempo y bien. Otros pocos saben incluso que me gusta desayunar en casa a las nueve -tostadas, cereales y café con leche- mientras otros corren por la calle con su starbuck's coffee en mano, que me encantan los elogios a la lentitud que nos regala a veces AnaCó y que simpatizo con la escritura parsimoniosa de Carmen Laforet. Y yo sé que bien me viene un coscorrón en la cabeza, o dos y tres y cuatro, de aquel jesuita más equilibrista que criticón, para espabilar un poco. Porque nuestro Baltasar Gracián, astuto como la serpiente, primero nos sorprende con sus conceptos mezcla de sabiduría, ingenio y agudeza:
No ser malo de puro bueno [...] Alternar lo agrio con lo dulce es prueba de buen gusto; sola la dulzura es para niños y necios.
Palabras de seda, con suavidad de condición [...] Siempre se ha de llevar la boca llena de azúcar para confitar palabras, que saben bien a los mismos enemigos.
Sin mentir, no decir todas las verdades. No hay cosa que requiera más tiento que la verdad, que es un sangrarse del corazón. Tanto es menester para saberla decir como para saberla callar. No todas las verdades se pueden decir: unas porque me importan a mí, otras porque al otro.
Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Valer y saberlo mostrar es valer dos veces.
Atención a no errar una, más que a acertar a ciento. Nadie mira al sol resplandeciente, y todos al eclipsado.
Huir la nota en todo; que, en siendo notados, serán defectos los mismos realces [...] Hasta en lo entendido lo sobrado degenera en bachillería.
Y más adelante nos invita a cultivar ese difícil arte de la templanza, o del equilibrismo. Por de pronto, a ver si me entreno bien para no caer tan a menudo de esa cuerda que debe sostenerme entre la diligencia y el ritmo lento, entre el obrar presto y el gozar despacio, entre la prudencia y el despejo, entre la torpe indecisión y la resolución pronta. Y así saber cuándo es preciso mantener tirante la rienda y cuándo picarla:

Diligente e inteligente. La diligencia ejecuta presto lo que la inteligencia prolijamente piensa. Es pasión de necios la prisa, que, como no descubren el tope, obran sin reparo […] La presteza es madre de la dicha. Obró mucho el que nada dejó para mañana. Augusta empresa correr a espacio.
Hombre de resolución. Menos dañosa es la mala ejecución que la irresolución. No se gastan tanto las materias cuando corren como si estancan.
No vivir a prisa. El saber repartir las cosas es saberlas gozar. […] Son más los días que las dichas. En el gozar, a espacio; en el obrar, a prisa. Las hazañas, bien están, hechas; los contentos, mal, acabados.
No cansar [...] Gana por lo cortés lo que pierde por lo corto. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo. Más obran quintas esencias que fárragos [...] Lo bien dicho se dice presto.
Pensar anticipado. Hoy para mañana y aun para muchos días. La mayor providencia es tener horas della; para prevenidos no hay acasos, ni para apercibidos aprietos. No se ha de aguardar el discurrir para el ahogo, y ha de ir de antemano [...] Toda la vida ha de ser pensar para acertar el rumbo. El reconsejo y providencia dan arbitrio de vivir anticipado.
Hombre detenido, evidencia de prudente. Es fiera la lengua, que, si una vez se suelta, es muy dificultosa de poderse volver a encadenar.
Hombre de espera. Nunca apresurarse ni apasionarse. Sea uno primero señor de sí, y lo será después de los otros. La detención prudente sazona los aciertos y madura los secretos. La muleta del tiempo es más obradora que la acerada clava de Hércules. El mismo Dios no castiga con bastón, sino con sazón. La misma fortuna premia el esperar con la grandeza del galardón.
Más vale el buen ocio que el negocio. No tenemos cosa nuestra sino el tiempo [...] Igual infelicidad es gastar la preciosa vida en tareas mecánicas que en demasía de las sublimes; ni se ha de cargar de ocupaciones ni de envidia; es atropellar el vivir y ahogar el ánimo.
(Baltasar Gracián: Oráculo manual y arte de prudencia, 1647)

miércoles, enero 24, 2007

MESAS Y SOBREMESAS

La mesa puesta y vestida con todo detalle en el centro de la estancia acristalada de una casa antigua. Las sillas que guardaban sitios secretos ocupados tiempo atrás por padres y hermanos. El sol de las dos jugando en las copas de vino. El anfitrión acogiendo cálidamente a los invitados, que no se conocían entre sí: un sabio filósofo, sencillo como la paloma, un animoso estudiante de psicología, dos abogados apasionados por mucho más que el derecho, un despiertísimo estudiante de bachillerato, una filóloga alucinada. El aroma de aquellas viandas cocinadas sin prisa que empezamos raudos al calor del que pensó en el El festín de Babette. Y una prodigiosa sobremesa que se alargó hasta el anochecer, llena de sentido, acompañada por aquel misterioso reloj que acertaba a sonar justo después de una palabra rotunda. En aquella velada se habló de muchas cosas, del hombre, de trabajos, de vocaciones, de aquella fidelidad creadora que tanto me gustó, de poesía, del vino de California, de la historia de un Grand Marnier que, por nuestra culpa, ya no cumplirá los doscientos años. Cristian, el estudiante de bachillerato, pidió a Eusebi, el anfitrión, que nos contara cómo había descubierto su vocación (la filosofía y la docencia). Gracias a Cristian, pues, escuchamos una preciosa respuesta, que lamento no poder transcribir con exactitud: "Fue en las interminables sobremesas y tertulias familiares que se organizaban en esta misma mesa que estamos ocupando hoy nosotros, bajo esta misma luz que va declinando. Aquí empecé a amar el preguntar y el escuchar, y pronto surgió el deseo de poder enseñar lo que aprendiese, a través de la palabra viva."
Este recuerdo ha volado hasta mi habitación mientras leía cómo disfrutó Clavijo y Fajardo, cuando, después de haber visitado una docena de tertulias frívolas e intrascendentes, acudió al fin a una que le llenó de satisfacción:
"Nunca hablaban dos tertuliantes a la vez y a ninguno se le permitía hacer degenerar en disputa la conversación. Esta tertulia fue la escuela donde aprendí en seis meses más de lo que me habían enseñado en la universidad"
(Clavijo y Fajardo: El Pensador, 1762)
Y luego me he quedado callada, mirando por la ventana. Me parecía estar oyendo la voz pausada de Carmiña, tan amiga de la charla, al dolerse de no hallar interlocutores dispuestos:
"Amigos, yo quisiera conoceros un poco. Pero os escondéis entre gestos, entre montañas de gestos y palabras. Os lanzáis vuestras palabras para enseñaros unos a otros lo que sabéis, como si os enseñarais los dientes. Quizá habéis conocido alguna vez aquel puro placer de regalar palabras, de escuchar las que el otro nos regala. Pero se os va olvidando poco a poco."
(Carmen Martín Gaite: "Vuestra prisa")
Más tarde, después de bajar las persianas, he escuchado otra Voz, más profunda y antigua, que me ha sugerido que mejor cierre ya esta entrada, pues sus palabras nos brindan la mejor excusa para seguir conversando, si queréis, detrás del telón de esta página:
"El horno prueba los vasos del alfarero;/ la prueba del hombre es su conversación./ El árbol bien cultivado se conoce por sus frutos,/y el corazón del hombre por la expresión de sus pensamientos"
(Eclesiástico, 27, 6-7)

miércoles, enero 17, 2007

EN SURCO AJENO

Yo que casi nunca me atrevo a escribir sobre política leo con atención a mis compañeros de retahílas, por si se abre un surco imprevisto en mi huerto. Pero como en la era de lo políticamente correcto lo más correcto es atender a la perspectiva del otro lado del Estrecho, esta mañana me dispongo a echar un vistazo a las cartas que el joven marroquí Gazel enviaba a su anciano maestro Ben-Beley.
Y qué sorpresa. Creo que ya entiendo mejor los errores de nuestro tan humilde y humano Presidente, todo un político:
"Arreglado a la definición de la voz política y su derivado político, según la entiende mi amigo Nuño, veo un número de hombres que desean merecer este nombre. Son tales, que con el mismo tono dicen la verdad que la mentira; no dan sentido alguno a las palabras Dios, padre, madre, hijo, hermano, amigo, verdad, obligación, justicia y otras muchas que miramos con tanto respeto y pronunciamos con tanta veneración los que no nos tenemos por dignos de aspirar a tan alto timbre con tales competidores. Mudan de rostro mil veces más a menudo que de vestido. Tienen provisión hecha de cumplimientos, de enhorabuenas y pésames. A costa de inmenso trabajo han adquirido cantidades innumerables de ceños, sonrisas, carcajadas, lágrimas, sollozos, suspiros y (para que se vea lo que puede el entendimiento humano) hasta desmayos y accidentes. Viven sus almas en unos cuerpos flexibles y doblegables que tienen varias docenas de posturas para hablar. escuchar, admirar, despreciar, aprobar y reprobar [...] Son, en fin, veletas que siempre señalan el viento que hace, relojes que notan la hora del sol[...] ¿De dónde viene que no sacan fruto de sus trabajos? Les falta, dice Nuño, una cosa. ¿Cuál es la cosa que les falta? No les falta más, dice Nuño, que entendimiento."
[José CADALSO: Cartas marruecas, "Carta LXIII"]

martes, enero 09, 2007

HORTELANO, A TU HUERTO


EMPEZAR SIEMPRE
Nunca hemos empezado a vivir ni a morir y nunca acabaremos de empezar. Empezar, la gran ilusión de toda mi vida; siempre empezar, siempre volver a empezar.
(Juan Ramón Jiménez, Ideolojía)

Cada día tenemos la posibilidad de empezar, pero no caemos en la cuenta hasta que nos lo anuncian a bombo y platillo con la festiva inauguración de un nuevo año. Sería bueno que, por lo menos, un leve tintineo nos lo recordara cada amanecer, de modo que los propósitos brotaran con la misma frescura y el mismo fervor que cada primero de enero. De perogrullo es que para realizar un pensamiento es imprescindible darle realidad. Como aprendí de un sabio amigo, el primer paso para cumplir un proyecto puede ser convertirlo en letra, amarrarlo a buen puerto para que no se pierda ni nos pierda con el viento de marzo. Por eso dejo anclado aquí mi propósito* para el nuevo año: cultivar mejor mi huerto, ¡tan pequeño y siempre con tanto por hacer en él! Para empezar deben arrancarse sin contemplaciones todas las raíces secas, cortar las malas hierbas, desbaratar la gruesa alfombra de hojas marchitas y podar las ramas, para que nazcan con brío flores y frutos después del frío invernal. Pienso en Santa Teresa, en cómo se deleitaba pensando que su alma era un huerto que debía cultivar con esmero y tesón, armada de la humildad necesaria para cortar y desechar lo inservible, siempre a la búsqueda de frutos mejores, incluso cuando todavía su soñado vergel no alcanzaba más que a ser un páramo:

Digo cortar, porque vienen tiempos en el alma, que no hay memoria de este huerto; todo parece está seco, y que no ha de haber agua para sustentarle, ni parece hubo jamás en el alma cosa de virtud. Pásase mucho trabajo, porque quiere el Señor que le parezca al pobre hortelano, que todo el que ha tenido en sustentarle y regarle, va perdido. Entonces es el verdadero escardar y quitar de raíz las hierbecillas, aunque sean pequeñas, que han quedado malas, con conocer no hay diligencia que baste si el agua de la gracia nos quita Dios, y tener en poco nuestra nada, y aun menos que nada. Gánase aquí mucha humildad; tornan de nuevo a crecer las flores.
(Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, cap. XIV)

*Nota: En mi propósito está incluido mejorar el cuidado de uno de los productos que con más cariño intento cultivar en mi huerto, el blog, al que a menudo dejo al albur de las tormentas y de mi [tan frecuente] sequía. En el tintero del año viejo quedaron muchas ideas a las que quise dar orden y ofrecí embarulladas o quedaron mudas, muchos libros por leer, cartas, gestos y poesías que duermen bajo las aguas a la espera de una centellica iluminadora. A todos vosotros, amigos, gracias por haber ayudado a labrar y alimentar su tierra a vuestro paso por él. Cortad y arrancad también lo que creáis preciso.

miércoles, diciembre 20, 2006

TIRAR DEL HILO EN NAVIDAD

Qué gozo empezar a enviar postales, a oír villancicos y a contar los pasos que faltan para llegar a Belén . En estas fechas el tiempo –que voló desde el perezoso septiembre postestival— parece que cobra relieve y nos deja contemplarlo, como en un delicado reloj de arena. Para mí hoy con especial dramatismo, pues abro la puerta a la edad fatal: ¡los veinticinco!. Menos mal que Carmen Martín Gaite me anima con los apuntes que dejó en uno de sus cumpleaños, un ocho de diciembre de 1972:
«El tiempo vale por lo que haces con él. Si te escapas de él, es mayor la herida, la terrible herida de los Dorian Gray. Y es enfermedad con recaída».
Y luego:
«Los veranos son trágicos y aislados, no tienen continuación. En el invierno recobras el hilo hacia atrás».
(Cuadernos de todo, 8 de diciembre de 1972)
En efecto, especialmente la Navidad tiene mucho de tirar del hilo, de recordar, esto es, de traer al corazón lo antiguo. De niña siempre me angustiaba que el trimestre terminara demasiado tarde, por miedo a no poder dedicarme, tranquilamente, a esperar la Nochebuena en mi hogar, leyendo a ratos el Cuento de Navidad de Dickens, sacando las panderetas y guirnaldas de sus cajas. Al ir haciéndome mayor he ido recogiendo de mi alrededor impresiones muy diferentes a las mías. He visto a los que desean que llegue para huir de nuevo y darse una tregua vacacional; a los que, por tristeza o soledad, desean que estas fechas se pasen cuanto antes, como una molesta enfermedad; a los que se ponen frenéticos con las compras navideñas y te pegan codazos en medio de la calle iluminada. Pero el otro día supe que debía ingresar a un nuevo grupo en el muestrario: este año han aparecido los “respetuosos” (¿?), los que tiran a la basura el belén de unos niños, para no ofender [sic] no sé a quién. Antes de que yo opine a mis anchas, mejor dejar que aquí Carmiña me lance otro capote:
« [las fiestas navideñas] dejan de tener sentido cuando ya no se rememora la historia que dio origen a su celebración. Conmemorar es eso: recordar, y si el hilo de la memoria se ha quebrado, seguir fingiendo que se conmemora algo es una superchería y una traición a la fiesta […] Y sin un auténtico deseo de representación, de rememoración, no hay fiesta que tenga valor; sólo podrá tener precio
(Tirando del hilo. Artículos 1949-2000)

Yo me apunto también a tirar del hilo desde el silencio, las canciones y las voces familiares. Y a celebrarla con Belén, Reyes Magos y Estrella. Ah, y con una visita al viejo Mr. Scrogge, por supuesto.

miércoles, diciembre 06, 2006

OCULTAS BONDADES

Hoy, más que amanecer, amenazaba un festivo tristón. Aunque no me atrevía yo a quitarle la razón a Juan Maragall, para quien "hay que esperar siempre una oculta bondad en cada cosa", se me antojaba que muy bien escondida y calladita se queda esa bondad a veces, que yo hasta pienso que ni respira. Pero, ¡qué diantres!, en los días pesimistas hay que salir a rescatar pretextos felices. Y darles las bienvenida con aplausos, brindis y sonrisas. Así que he buscado un reencuentro con unas cartas alentadoras que me recuerdan que sí, que existen relaciones humanas en las que las diferencias (convicciones religiosas, vitales, políticas) se asumen y se resuelven con armonía, delicadeza, respeto e incluso -cuando hay motivos- con admiración recíproca.
Maragall y Unamuno dieron buen ejemplo. La serenidad y el optimismo católico del catalán congenió de maravilla con la desgarradora inquietud agnóstica del vasco. Al menos así se demuestra en su correspondencia. Por su parte, en los años 60-70 un sombrío, escéptico y solitario Ramón J. Sender, desde su prolífico exilio americano, mantuvo una hermosa relación epistolar con Carmen Laforet, veinte años más joven, madre entregada a su numerosa familia, feliz, en gozo de una fe serena, y algo perezosa con su escritura (esto último sí que lo lamento). Vale la pena volver a una carta en la que Sender elogia esa rara capacidad para ser feliz de Carmen Laforet, rastreable en su vida y en su arte:
«Sus libros han llegado hace dos días. Cuando los termine le volveré a hablar de ellos. Otra cosa me gusta mucho ver en ellos: usted ama la vida como la vida es (lo que quiere decir que es feliz). Esto último me encanta. Y hay algo más importante: la felicidad no se lleva, ahora, en el arte. Pero la de usted (digo, la de sus narraciones) se lleva y se llevará siempre porque está llena de talento y es, además, un talento original. En definitiva es lo único que ha contado siempre desde que hay gente que escribe. O —simplemente— que alienta.»
(LAFORET, Carmen y SENDER, Ramón J: Puedo contar contigo. Correspondencia, 2003)

Si se lleva la felicidad o no, daría para otra entrada. Por hoy aclararé que a lo largo del día se me han aparecido más pretextos felices -¿ocultas bondades?- que merecen ser celebrados a diario. Personales y literarios. Entre los segundos, las cartas de Laforet-Sender y la lectura de la estupenda "Declaración de Intenciones" de Rocío Arana, tan respetuosa que pide perdón, para no ofender a los tristes y a los resabidos que ya están de vuelta:
Escribo porque soy
feliz.
ya sé que duelen
el amor y las tardes y las horas de espera
frente a una ventanilla perezosa
y las sucias colillas por el suelo
ya lo sé no hace falta que lo digan
aquí soy yo la rara
la que mira y lo ve todo tan limpio
y llora de alegría en los rincones
y qué quieren incluso la nostalgia
se me viste de fiesta
pido perdón ya sé es un gran pecado
un escándalo sí
soy feliz y lo digo estoy jugando
con fuego pero miren
los días la llovizna la gente los violines
pónganse en mi lugar
como callarme cuando el mundo grita
que hay extraños jardines debajo de la nieve.
(ARANA, Rocío: Magia, 2002)

[Fotografía: Carmen Laforet y Ramón J. Sender]

viernes, noviembre 24, 2006

DEL PEINADO Y LA PERSONA

Ayer, mientras leía a Julian Marías, recordé una anécdota de la infancia:
Era sábado, jugaba en el jardín con mis hermanos, cuando apareció mi madre por la puerta. Venía, muy guapa, de la peluquería. Pero se la veía demasiado distinta: ella siempre ha llevado media melena, y le habían dejado el pelo mucho más corto y más rubio de lo habitual. Primero nos pusimos a reír como locos, revolcándonos por el césped –qué crueles, a veces, los niños-; después me acerqué a ella, con cara triste, y le dije: “Pero…si pareces…una señora". Ella se quedó un poco extrañada. El caso es que estaba bien, sí, pero no parecía nuestra madre, sino sólo una señora, una más de las que nos cruzábamos a diario por la calle. Durante el día la miré mucho, tratando de descifrar el misterio. Al final, como es lógico, me acostumbré [pero, que yo recuerde, no se ha vuelto a hacer aquel peinado nunca más].

Aquella insignificante crisis —la extrañeza infantil ante el cambio de peinado de mi madre—, hubiera cobrado verdadera importancia de haber afectado a otro ámbito de su persona: a su centro (o sustancia) personal. De haberse visto alterado éste, hubiera tenido la impresión de haberla "perdido", de que había resultado "enajenada". Explica Julián Marías que cuando conocemos de verdad a una persona, es cuando hemos alcanzado su clave, su sustancia (o la falta de ella), su proyecto personal. Así, su "sustancia" o "autenticidad" nos permite verla como una persona única e irreductible, cuyo núcleo confiamos en que permanecerá a pesar de la contingencia, el tiempo y las circunstancias -tan variables- de la vida:

«La persona “insustancial” es aquella cuyo repertorio de posibilidades biográficas es muy pobre, o bien incoherente, menesteroso de justificación y por tanto de inteligibilidad. Ante la persona insustancial no podemos saber a qué atenernos, porque ella misma no lo sabe. Por el contrario, ante otras, de las que podemos ignorar casi todo, tenemos la impresión de haber alcanzado su centro personal, del que brotan los actos, y ese contacto nos da la posibilidad de “habitarla” —o, a la inversa, ser “habitado” por ella—; es decir, la interpenetración en que consiste la forma suprema de convivencia y compañía. Esta es tanto más rica cuanto mayor es la “sustancia” de la persona, es decir, su grado de realidad [...] Por eso, la confianza que se tiene en una persona tiene siempre el carácter de "apuesta": se pone a una carta, con la conciencia de que se puede perder; pero con la convicción de que esa confianza no será defraudada [...]»
(Julián Marías: Persona)
[*nota: sí, aunque parezca mentira la de la foto es ¡Audrey Hepburn!...en la peluquería]

viernes, noviembre 17, 2006

ZENOBIA Y JUAN RAMÓN, VERSOS Y FLORES

¿A qué mujer no le gusta que le escriban versos o le regalen flores? Sin ánimo de ponerme tajante -con los tiempos que corren- matizo: seguro que algunas aborrecen que se les presente el chico con un ramillete de violetas, escena que les sonará a antigua, a película en blanco y negro de Frank Capra (con lo que a mí me gustan) o a la tan discutida canción de Cecilia. Pero lo de los versos, ah, me cuesta tanto creer que alguien no los reciba con emoción, sobre todo si hablan de las tres heridas universales. Y si se siguen escribiendo después, mucho después del periodo de "conquista", el mérito ya es enorme. Incluso ni siquiera importa que no hayan sido compuestos por el sujeto en cuestión: a muchos les tocó la lotería cuando el cartero de Neruda nos medio-convenció de que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.
Mi tesis se vio confirmada al leer los Diarios de Zenobia, que recogen aquellas horas tristes y dolorosas del exilio americano junto a Juan Ramón Jiménez.
Se sabe que el genial poeta fue un hombre muy difícil en su vida familiar. Constantes depresiones, miedo patológico a la muerte (que obligaba al matrimonio a viajar siempre con un médico), neurastenia, insociabilidad, egoísmo infantil, "olores imaginarios", enfermiza dependencia de su esposa y una obsesiva "alergia" a los ruidos, no sólo a las molestas bocinas y al alboroto de la calle:
«J.R empezó a quejarse constantemente del ruido que se oía cada vez que yo trataba de volver la página del periódico, lo que hacía con el mayor cuidado
(martes, 12 de marzo de 1940)
Si a eso le añadimos su total ineptitud para la realización de tareas prácticas e indispensables, como preocuparse por la economía doméstica, una mujer del siglo XXI se pregunta cómo pudo soportar la pobre Zenobia. Imagino diversas razones. Entre las primeras, su amor, su capacidad de entrega y su misa diaria (le haría falta mucha ayuda de Dios, sin duda); entre las segundas, que Juan Ramón, además de lunático, era poeta y era sensible. El muy astuto, cuando advertía que Zenobia estaba llegando al borde de la desesperación, le entregaba versos, flores:
«Hoy JR me ha dado una gran alegría. Ayer la empezó cuando me dijo: “Mañana quiero ir contigo a comprarte unos claveles por tu día”. Me abalancé a abrazarlo diciéndole: “Lo de menos son las flores, lo que más alegría me da es que salgas conmigo”». (30 de agosto de 1952)

« “¡Vida de mi vida/ Zenobia del alma/ qué bonita eres/ lucero del alba!”. Esto me lo canturreó J.R. esta tarde, y yo le dije que me parecía imposible que la gente se vendiera por joyas cuando lo más precioso del mundo no costaba nada» (4 de octubre de 1955).

«Esta noche J.R me ha dicho una copla popular tan linda, que tengo que apuntarla, por mucho que me oponga a las ideas dramáticas de J.R. Dice así:

Cuando yo esté en la agonía
Siéntate a mi cabecera
Pon en tu mano la mía
Y puede que no me muera

(8 de octubre de 1955)

Y la mujer del poeta recuperaba -al menos por unos instantes- la sonrisa y la esperanza. Porque Zenobia era lista, fuerte e independiente, como debe ser, pero también era una dama. Y una dama es una dama.

martes, noviembre 07, 2006

¿TIENES ALGO QUE CONTAR?

Hubo un tiempo en el que escribía Diario. Primero aquellos pequeños tan cursis con candado y letras doradas -regalo muy socorrido para una niña de nueve años-, luego voluminosos cuadernos de portadas decoradas con collages algo estrambóticos, muy personales -como se exige toda quinceañera- en los que combinaba distintos tipos de letras de revistas para formular la pregunta ¿TieNes AlgO Que cOntaR?”. (De ahí mi entusiasmo cuando cayeron en mis manos los hermosos Cuadernos de todo de Carmen Martín Gaite y su montón de collages neoyorquinos). En el interior prodigaba dibujos, poemas de amor que todavía no entendía, y palabras, muchas palabras alborotadas con emociones ingenuas, desde la furiosa rabia ante la regañina paterna hasta la incontenible alegría cuando, tras una semana de lluvia, había salido el sol y al fin, borrados los charcos, podía salir a patinar con mi amiga. Un buen día pensé que ya tenía almacenadas demasiadas libretas y que ya no quedaban lugares en mi habitación donde esconderlas : “Los Diarios no pueden ser leídos por nadie más que el que lo escribe. Regla nº 1”. Así que poco a poco, fui abandonando aquella primera persona, por falta de “rincones secretos”.
Para mi desconcierto, uno de los primeros días de clase en la Universidad un profesor nos advirtió que "Los escritores escriben su diario sabiendo que será encontrado y publicado a su muerte, tenedlo siempre en cuenta”.
"Ahora sí que es seguro que yo no iba para escritora, si sólo estaba preocupada por cuál sería el mejor escondrijo para mis cuadernos", pensé. Pero me acordé muchas veces de aquellas palabras, por ejemplo, al abrir el diario de Cesare Pavese. En el prólogo de Natalia Ginzburg e Italo Calvino se hace la misma Advertencia:
"Sus amigos conocían desde hacía mucho tiempo la existencia del diario de Pavese, y a algunos de ellos les había expresado el deseo de que fuese impreso después de su muerte".
El escritor que construye un Diario se convierte en su propio personaje, se novela a sí mismo y, sin pudor alguno, desea ofrecer también esa vida que, rozada con la varita mágica de la literatura ya no es "vida" a secas. También Pavese se preguntaba a sí mismo, como yo hacía en la adolescencia: "¿Tienes algo que contar?", de ahí la escueta respuesta que nos da el 25 de abril de 1936, en una sola línea:
"Hoy, nada"
Y de ahí, supongo, esa declaración -y la sangre fría- con la que el escritor italiano quiso fundir, trágicamente, literatura y vida, a través de las últimas palabras de su diario, tan conocidas, poco antes de suicidarse en el Hotel Roma de Turín , el 27 de agosto de 1950:
"Todo esto da asco./ No palabras. Un gesto. No escribiré más."
.

viernes, septiembre 15, 2006

PALABRAS SERENAS

Cuánta razón lleva el link con el que últimamamente ha llamado a este blogg Enrique García Máiquez, "más serenas que veloces". Ciertamente, mis palabras se han remansando tanto que no hacen honor al título de este espacio, pero debo alegrarme porque la serenidad es la que me ha permitido regresar y sobre todo, volver a leer las vuestras, tan veloces e iluminadoras como siempre. Al fin, tras un mes de vértigo y acelerado trabajo ha llegado la paz y el sosiego, que he encontrado, no ya gracias al logro de mi pobre tesina, sino en el gozo de unos días en la montaña, en la mejor compañía, refugiada en los preciosos alrededores de Ordesa y el Monte Perdido. Al volver y recordar ese extraño sentimiento de armonía y de felicidad, necesité un reencuentro con las espesuras y las fuentes de agua clara de los clásicos. Y volví los ojos a la descansada vida de Fray Luis de León:

[...] Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera,
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto;
y, como codiciosa
por ver la cumbre airosa
una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura;
y, luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo, de pasada,
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo [...]
("Canción de la vida solitaria")
Y admiré la romántica compenetración entre la naturaleza y H. D. Thoreau, quien reconoció la eterna fuente benefactora de la vida en el campo:
"No puede haber melancolía verdaderamente negra para el que vive en medio de la naturaleza y tiene los sentidos en calma. Jamás hubo tormenta que no fuese música eólica para un oído inocente y sano. Nada es capaz de sumir en tristeza vulgar a un hombre leal y sencillo. Mientras gozo la amistad de las estaciones creo que nada podrá hacer de la vida una carga para mí. La amable lluvia que riega mi campo de habas y me guarda en casa hoy, no es tedio y melancolía, sino bendición para mí [...]"
(La vida en los bosques)

Ahora que reviso las fotografías tomadas me da lástima que no puedan recoger el rumor del río, ni el borbotear de la cascada, ni el silencio, ni el amenazante mugido de aquella imponente vaca que protegía su pasto. Tampoco pueden hacerme recobrar el cansancio placentero que sentí después de una larga excursión, el rostro fresco y el ánimo sereno, la gloria del baño caliente, seguido de la cena, la charla y el vino...; ese cansancio tan distinto al que sigue a una tarde de compras, o a un apretado día de trabajo sedentario… Pero hay que volver a pisar el asfalto, repasar la agenda y cumplir nuevos plazos; hay que olvidar el verde y la plata serpenteando entre las rocas, porque como nos advierten nuestros padres, la realidad es ésta…Y yo me pregunto: ¿No eran verdad esas piedras, la madera, aquel pan tostado del desayuno, el campanario, la yegua salpicándome con el barro de los charcos, la lluvia al atardecer borrando nuestros pasos en una senda umbría, la tormenta iluminando los tejados negros, el juego de sombras y luces en el bosque de hayas, las truchas saludando desde el río, las alas abiertas del milano aparecido en un instante, el cielo limpio, la serena felicidad compartida?

miércoles, agosto 09, 2006

EL HALLAZGO


Sobre la oportunidad o indispensabilidad del viajar poco me queda qué decir, después de la provechosa peregrinación por las sendas de García-Máiquez y de Breo. Sigo pensando, no obstante, en toda esa gente que se arma de paciencia para emprender el 1 de agosto, La gran evasión, metiditos en la cola de un ciempiés que barre, lentamente, la carretera; y cómo no, en aquéllos pasajeros obligados a quitar las telarañas de sus maletas que, al fin, han devuelto las cintas magnéticas del aeropuerto...¿es posible que les queden ánimos (y buen humor) para explorar con calma, nuevos parajes?. Porque, además del anhelo del merecido descanso, el viaje se emprende con cierto espíritu “aventurero”: el viajero quiere descubrir, saborear lo exótico, renovar su mirada en montes verdes y aguas cristalinas, hastiado del asfalto y de la pantalla plana.

Sin embargo, a veces se nos olvida que el hallazgo, lo secreto, lo recóndito puede surgir en cualquier momento y (casi) en cualquier lugar (en lo alto de la azotea de CRM o bajo la sombra del enigmático robledal de Anacó, por ejemplo). Y, a veces, también se nos olvida que, durante las vacaciones volvemos a someternos al yugo del "plan" del "proyecto", sin dejar un resquicio de libertad al puro placer de descubrir lo inédito, lo insospechado, aquello que no somos capaces de manejar y planificar; rechazamos la excepcional belleza de la que no podemos "buscar información por Internet". Por eso me resultan muy esclarecedores los apuntes del blogg de Mora-Fandos, de donde extraigo esta reflexión:
"Nuestros experimentos estéticos no nos allegan belleza, porque la belleza acontece, no viene bajo telecomanda entre los humeantes cartones a domicilio de telepizza. La belleza descansa porque confirma las intuiciones verdaderamente liberatorias. Cuando acontece, decimos sin palabras: “¡Era verdad, la belleza era verdad!”, y no hace falta comprar el décimo de la lotería de Navidad medio año antes –como insisten en las marquesinas buseras de mi ciudad- porque si se tiene la belleza y la verdad, lo demás se os dará por añadidura."
De nuevo, pienso que debiéramos recuperar los pies descalzos y la mirada humilde -y no resabida- de la infancia; la única capaz de "endiosarse", y de contemplar, fascinada, cómo la puerta de un tosco armario puede abrirse a una nueva luz, a un mundo ignoto, a un viaje insospechado...¡Narnia!

Esta retahíla me trae a Eulalia, personaje gaiteano que decide huir del agobio del viaje terapéutico y premeditado, y descubre que el hallazgo le espera en las piedras del pueblo de su infancia y en una imprevista (y trascendental) conversación con su sobrino. Para ello ha de huir de las guías turísticas, de los horarios con asteriscos, del ultimátum del aviso del tren, del "cool" jet lag, y de todos esos conocidos que la avasallan con la consabida pregunta: "¿A dónde vas este verano?"...

«Así que andaba huyendo de la gente de esa que al preguntarte por tu vida, si hace algún tiempo que no te ve, espera un resumen inmediato de proyectos, todo el futuro enunciado en una semana vista, cuajadito de plantes; me entraba vértigo, una especie de horror cada vez que me decían; “Y tú qué vas a hacer este verano? ¿cómo sigues aquí? ¿adónde vas?”. Nos lo venimos preguntando unos a otros cada año más pronto, desde abril, desde febrero, implacablemente, a la primera brisa templada; somos eso: no lo que nos preocupa, sino lo que vamos a hacer. Conozco bien ese veneno de los proyectos, esa comezón de echar un tiempo sobre otro, de desbaratar el poco beneficio que la continuidad del invierno empiece a querer dejar; [...] Siempre buscando el rastro del verano, tratando de renovar los votos de una religión ya gastada, institucionalizada, sin fe, ¡qué empeño! […] el olor evaporado de la palabra verano que para los adultos no significa más que coche, pasaporte, dinero, tocadiscos, hotel y sobre todo tregua. Es otro tajo más el veraneo, interrumpir, dar largas otra vez. Pero las alimañas ocultas, la noche, la montaña inexplorada, el descubrimiento de una tapia difícil de escalar o de un paisaje nuevo y misterioso, los nombres de las hierbas y las frutas, los títeres del pueblo, el miedo de perderse, todo eso es de la infancia.»
(Carmiña MARTÍN GAITE: Retahílas)

domingo, julio 30, 2006

LOS ZAPATOS ROTOS

Siguiendo el rastro de la entrada veraniega sobre el bien difusivo provocado por las sandalias doradas que se compró Leonor y (nos) gustaron a todos, incluso a él, a Enrique (aunque lo dijo un poco tarde, y nosotras, qué malas, ya sospechábamos lo peor…), hoy os presento a mis sandalias, blancas, abandonadas en la orilla.

El mejor momento de un paseo por la playa es la llegada: contemplar la inmensidad del mar y descalzarnos, casi al mismo tiempo. Dos actos mínimos que nos hacen sentir como niños, inexplicablemente liberados y gozosos...
Corremos a "probar" el agua con nuestros pies desnudos y, sólo entonces, nos zambullimos, en un salto alegre. Al salir alzamos montañas de arena, perezosamente, con los pies mojados. Olvidados del tiempo y del deber. Luego nos volvemos responsables; sabemos que hay que regresar a casa -tenemos tantas cosas qué hacer- y sabemos que lo correcto es llevar sandalias, a ser posible, impecables. Nos secamos cuidadosamente y volvemos a calzarnos, vigilando que no se queden pegados los granitos de arena húmeda. Pero ya no somos niños, porque a los niños nada de eso les importa. Irían descalzos siempre, aunque se ensucien, se enfríen, o se hagan daño con el canto de las piedras. Por eso las madres han de correr tras ellos todo el día con los diminutos zapatitos en la mano, atentas a un despiste, para enfundar sus delicados pies sonrosados. Y los niños huyen, vuelan, porque no quieren intermediarios ni artificios entre la tierra y su paso; su inconsciente felicidad no conoce calzados, ni manchas, ni relojes.
Recuerdo un bonito cuento de Natalia Ginzburg, protagonizado por una madre, algo bohemia, que está lejos de su hogar. Sólo por eso puede permitirse llevar los zapatos rotos. Porque a ella ese detalle no le parece esencial: en su juventud sólo tenía un par de zapatos y "cuando llovía los notaba romperse lentamente, hacerse blandos e informes, y sentía el frío del empedrado bajo las plantas de los pies". Sin embargo, sabe que a su regreso, para no disgustar a su familia se comprará zapatos nuevos; sabe que, por encima de todo, deberá proteger los pies frágiles de sus hijos...
"Mi madre se ocupará de mí, me impedirá utilizar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta altas horas de la madrugada. Yo, a mi vez, me ocuparé de mis hijos, venciendo la tentación de mandarlo todo a paseo. Volveré a ser seria y maternal, como me ocurre siempre cuando estoy con ellos, una persona distinta de la que soy ahora [...] Miraré el reloj y llevaré la cuenta de las horas, vigilante y atenta a todo, y me preocuparé de que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si se puede, al menos en la infancia. Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño".
(Natalia GINZBURG: "Los zapatos rotos")