
El mejor momento de un paseo por la playa es la llegada: contemplar la inmensidad del mar y descalzarnos, casi al mismo tiempo. Dos actos mínimos que nos hacen sentir como niños, inexplicablemente liberados y gozosos...
Corremos a "probar" el agua con nuestros pies desnudos y, sólo entonces, nos zambullimos, en un salto alegre. Al salir alzamos montañas de arena, perezosamente, con los pies mojados. Olvidados del tiempo y del deber. Luego nos volvemos responsables; sabemos que hay que regresar a casa -tenemos tantas cosas qué hacer- y sabemos que lo correcto es llevar sandalias, a ser posible, impecables. Nos secamos cuidadosamente y volvemos a calzarnos, vigilando que no se queden pegados los granitos de arena húmeda. Pero ya no somos niños, porque a los niños nada de eso les importa. Irían descalzos siempre, aunque se ensucien, se enfríen, o se hagan daño con el canto de las piedras. Por eso las madres han de correr tras ellos todo el día con los diminutos zapatitos en la mano, atentas a un despiste, para enfundar sus delicados pies sonrosados. Y los niños huyen, vuelan, porque no quieren intermediarios ni artificios entre la tierra y su paso; su inconsciente felicidad no conoce calzados, ni manchas, ni relojes.
Recuerdo un bonito cuento de Natalia Ginzburg, protagonizado por una madre, algo bohemia, que está lejos de su hogar. Sólo por eso puede permitirse llevar los zapatos rotos. Porque a ella ese detalle no le parece esencial: en su juventud sólo tenía un par de zapatos y "cuando llovía los notaba romperse lentamente, hacerse blandos e informes, y sentía el frío del empedrado bajo las plantas de los pies". Sin embargo, sabe que a su regreso, para no disgustar a su familia se comprará zapatos nuevos; sabe que, por encima de todo, deberá proteger los pies frágiles de sus hijos...
"Mi madre se ocupará de mí, me impedirá utilizar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta altas horas de la madrugada. Yo, a mi vez, me ocuparé de mis hijos, venciendo la tentación de mandarlo todo a paseo. Volveré a ser seria y maternal, como me ocurre siempre cuando estoy con ellos, una persona distinta de la que soy ahora [...] Miraré el reloj y llevaré la cuenta de las horas, vigilante y atenta a todo, y me preocuparé de que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si se puede, al menos en la infancia. Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño".
(Natalia GINZBURG: "Los zapatos rotos")