
Era sábado, jugaba en el jardín con mis hermanos, cuando apareció mi madre por la puerta. Venía, muy guapa, de la peluquería. Pero se la veía demasiado distinta: ella siempre ha llevado media melena, y le habían dejado el pelo mucho más corto y más rubio de lo habitual. Primero nos pusimos a reír como locos, revolcándonos por el césped –qué crueles, a veces, los niños-; después me acerqué a ella, con cara triste, y le dije: “Pero…si pareces…una señora". Ella se quedó un poco extrañada. El caso es que estaba bien, sí, pero no parecía nuestra madre, sino sólo una señora, una más de las que nos cruzábamos a diario por la calle. Durante el día la miré mucho, tratando de descifrar el misterio. Al final, como es lógico, me acostumbré [pero, que yo recuerde, no se ha vuelto a hacer aquel peinado nunca más].
Aquella insignificante crisis —la extrañeza infantil ante el cambio de peinado de mi madre—, hubiera cobrado verdadera importancia de haber afectado a otro ámbito de su persona: a su centro (o sustancia) personal. De haberse visto alterado éste, hubiera tenido la impresión de haberla "perdido", de que había resultado "enajenada". Explica Julián Marías que cuando conocemos de verdad a una persona, es cuando hemos alcanzado su clave, su sustancia (o la falta de ella), su proyecto personal. Así, su "sustancia" o "autenticidad" nos permite verla como una persona única e irreductible, cuyo núcleo confiamos en que permanecerá a pesar de la contingencia, el tiempo y las circunstancias -tan variables- de la vida:
«La persona “insustancial” es aquella cuyo repertorio de posibilidades biográficas es muy pobre, o bien incoherente, menesteroso de justificación y por tanto de inteligibilidad. Ante la persona insustancial no podemos saber a qué atenernos, porque ella misma no lo sabe. Por el contrario, ante otras, de las que podemos ignorar casi todo, tenemos la impresión de haber alcanzado su centro personal, del que brotan los actos, y ese contacto nos da la posibilidad de “habitarla” —o, a la inversa, ser “habitado” por ella—; es decir, la interpenetración en que consiste la forma suprema de convivencia y compañía. Esta es tanto más rica cuanto mayor es la “sustancia” de la persona, es decir, su grado de realidad [...] Por eso, la confianza que se tiene en una persona tiene siempre el carácter de "apuesta": se pone a una carta, con la conciencia de que se puede perder; pero con la convicción de que esa confianza no será defraudada [...]»
(Julián Marías: Persona)
[*nota: sí, aunque parezca mentira la de la foto es ¡Audrey Hepburn!...en la peluquería]