martes, junio 27, 2006

¿QUIÉN ENNEGRECIÓ EL ORO FINO?

La Perla, pequeña joya literaria de John Steinbeck,
o el relato sobre la imposibilidad de encontrar la felicidad en la materia, de cómo el hombre puede transformar un objeto luminoso, bello y prometedor en un elemento viscoso, negruzco y destructor; de cómo la aparente fortuna puede ennegrecer y dinamitar una vida...
Historia que me hace pensar en unas palabras del Eclesiastés, "¿Quién ennegreció el oro? ¿Por qué el oro fino perdió su brillo…?"

La promesa de la Felicidad —el hallazgo de la Perla— hermosísimo reflejo de perfección, parecía haber llegado al fin, como un milagro divino, hasta el hogar humilde de Kino, Juana y el Coyotito. La venderían y con los beneficios vivirían dichosos y tranquilos.
Porque aquélla que habían encontrado era «la gran perla, perfecta como la luna. La que recogía la luz purificándola y devolviéndola en argéntea incandescencia».
Pero ni su pureza inmaculada ni su luminosidad triunfante la salvaba de convertirse en materia vil en manos del hombre, obstinado en poner precios y cifras. Una vez abierto el caparazón de la ostra, la Perla se convirtió en un objeto visible y codiciable, motivo de envidia y de recelo para el pueblo; motivo de inquietud y de temor para la familia Kino. Podía perderse. Podía robarse.

Y «la esencia de la perla se combinó con la esencia de los hombres y de la reacción precipitó un curioso residuo oscuro».

El bueno y honrado Kino se convirtió en enemigo de sus vecinos, en asesino, en avaro, en fugitivo. Y el disparo de un ladrón mató a Coyotito, su único hijo.

La hermosa joya, la Gran Perla, la Perla del Mundo se volvió «fea, gris, maligna». Kino no podía librarse de «su música, melodía de locura».
Afortunadamente, Juana aún permanecía al lado de su marido, viendo temblar su mano, antes de que éste echara el brazo hacia atrás para arrojar la Perla, con todas sus fuerzas, para devolverla al fondo del mar, donde volvería a ser hermosa.

jueves, junio 22, 2006

LA SEÑORITA FLORA EN LA VENTANA

Del periplo del industrioso, andarín e imaginativo Alfanhuí —el que tenía «los ojos amarillos como los alcaravanes», amigo de los colores y de los lagartos— me he quedado, entre otras, con una imagen patética y hermosa: el hallazgo de una ventana en la que, hace años, alguien pintó una mujer, la señorita Flora. A medida que pasa el tiempo sus colores van diluyéndose y confundiéndose con la fachada
Prosa poética que, además de traerme la imagen de la melancólica “mujer ventanera” de C.Martín Gaite -oculta entre los visillos, mirando ávida hacia la calle- también me recuerda una frase terrible que dice mi madre: "A medida que nos hacemos viejos, nos vamos desdibujando; los viejos se confunden con el paisaje, nadie los ve..."

«Con los brazos puestos en el dintel de esta ventana habían pintado una señora. Esta señora estaba esperando marido. Tenía las carnes laxas y unos cuarenta y cinco años. Acaso esperaba desde sus quince. Una señora rosa y malva que aún no había recogido en negros paños sus carnes y sus bellezas y esperaba aún, como una rosa deshojada, con sus coloretes desvaídos y su sonrisa artificial, amarga como una mueca (…)
Esperando, esperando, mientras la lluvia le borraba el rostro y la mantilla de punto y lana azul. Mientras el tiempo caía resbalando como una sombra clara, por su figura, alisándola, confundiéndola con la ventana, con la pared, con el viento. ¡Ah, el tiempo, el tiempo! Que la convertía en un fantasma vago, inmóvil en su pared, ajándola como una flor desesperanzada, mientras las verduleras chillaban en la calle a su cuadrilla de hijos y a duros manotazos, los volvían a razón. Mientras se vendían ajos, puerros, cebollas, zanahorias, que luego llenaban la calle con el olor grosero de las comidas. Mientras todos chillaban y se movían en una vida vulgar y maciza, llena de chismes y de carcajadas (…) La señora pintada, malva y rosa, con su mantilla de punto y lana azul seguía mirando hacia Pinto. Seguía mirando, esperando, con su sonrisa artificial. Se llamaba Flora. La señorita Flora. ¡Qué melancolía!»

(SÁNCHEZ FERLOSIO, Rafael: Industrias y andanzas de Alfanhuí)

martes, junio 20, 2006

INTER-ESADOS


El interés como principio del amor no estaría nada mal si lo concibiéramos en el sentido antiguo del término...
INTER-ESSE, en un origen significó «estar entre», «estar metido dentro», «participar»; más tarde, se aplicó a la cualidad de llamar la atención, de donde surge el afán de vivir hacia el objeto (o sujeto) que tan fuerte atrae.
[*Por si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, Katharine Hepburn y Spencer Tracy expresan mucho mejor lo que yo trato de explicar]
Entendido así, el interés es hermano del importar, término que curiosamente también tiene un doble sentido, uno materialista y otro sentimental y/o intelectual:
«Importar, significa «introducir en un país cosas, tales como mercancías, costumbres, de otro». Pero que algo importe a una persona quiere decir que traslada su interés de un lugar a otro. Lo importante les afecta porque les llama (la atención), obliga a estar pendiente de ella, seduce, arrastra
El bueno de Covarrubias en su erudito y gracioso diccionario Tesoro de la lengua castellana (1611) da a la palabra “interés” el significado al que hoy estamos acostumbrados («el provecho, la utilidad, la ganancia que se saca o espera de una cosa») pero no se priva de añadir un apunte moral sobre la inconveniencia del interés utilitarista:
«El interesse es la polilla de la virtud. Por esso dixo Nuestro Redemptor que al que atesora en el cielo, está seguro de la polilla (...) y es mucha razón, pues nos ama Dios sin interesse, le correspondamos en el amor a lo menos en grado de proporción assí como Él nos ama, sin tener respeto a la ganancia que por amarnos le venga»
El D.R.A.E, mucho más soso, sólo ofrece -en cuarto lugar- una escueta acepción al interés más inútil y, por eso, más deseable, la "Inclinación del ánimo hacia un objeto, una persona, una narración, etc".
Si yo valiera para lexicógrafa... pediría permiso para añadir "no orientado al provecho ni al beneficio, sino al vivir en y para el objeto de interés".

viernes, junio 16, 2006

CIGARRAS Y HORMIGAS

"No creo que por ser más escéptico, pesimista (que no realista) o prosaico uno sepa más de la vida ni del amor", he contestado esta mañana a alguien que sostenía que el amor no es más que una "suma de intereses", un medio para "autorrealizarse", y que lo sentía por los que, como yo, aún no "se habían dado cuenta"...
Ejemplos tiene la Historia de que grandes sabios fueron felices y amaron. Pero el mundo se nos está llenando de Hombres Prosa, de gente aferrada a la creencia (ignoro si por motivos de peso o no) de que todas las relaciones humanas se pueden explicar con el refrán «Por el interés te quiero Andrés.». Allá ellos, yo no me meto, lo que no tolero es que se empeñen en “abrirnos los ojos” cuando ya los tenemos abiertos, aunque no veamos lo mismo.

Me he acordado de una obrita de teatro de Santiago Rusiñol, Cigarras y Hormigas, en la que al fin se hace justicia con la cigarra de la fábula. Aquí las Cigarras encarnan a los hombres de letras, con nombres tan ilustrativos como Coplas, Miserias, Fantasías y El Ermitaño; y las Hormigas están representadas por materialistas y desengañados cosechadores apodados como El Hereu o El Vianda. Las cigarras viven alegres, confían en sus semejantes, son generosas y aunque (como los poetas) se mueren de hambre, se contentan con el alimento espiritual. Las Hormigas están malhumoradas, son avaras, recelosas y sólo alzan la vista al cielo cuando hay amenaza de sequía. Entonces, sólo entonces, acuden a las Cigarras para pedirles que, con sus cantos, invoquen a la lluvia.
El Ermitaño les alecciona con esta sabia advertencia:

No es a mí a quien tenéis que creer. En vez de grano tenéis que atesorar esperanzas, para tenerlas en las horas de angustia, tenéis que ser avaros de fe, y no de oro, que el oro no calma la sed; no debéis vivir de prosa, que la prosa sólo sirve para los días en que tenemos lluvia; pero se necesita la poesía para los días secos de la vida”.

¡Larga vida a las Cigarras! (exclamo, al dejar estas líneas)

martes, junio 13, 2006

AMOR, LEY Y MATRIMONIO


En ciertos comentarios a valiosos bloggs de resonancias lewisianas, defender el matrimonio por amor se ha convertido en una mera actitud romántica, un tanto frívola; equiparable a justificar un crimen o un adulterio “por amor”. Así, se ha hecho una llamada a la sensatez y a la decencia; para acudir al matrimonio no cabe otro motivo que el de respetar la ley que dicta el código canónico: «Es lícito acudir al matrimonio siempre que no haya impedimentos que lo hagan inválido o nulo».

Se me antoja que resulta demasiado fácil cumplir este requisito. ¿Por qué tantas personas, sin embargo, desertan al poco o al mucho de casarse?

Es cierto, como nos recuerda Rougemont y Beades, que el matrimonio por amor, "sólo lleva de moda un par de siglos, y sólo en Occidente". Nosotros, siguiendo con la terminología lewisiana, al justificar el contrato matrimonial a través del amor, nos hemos convertido en idólatras de Eros, del juguetón Cupido (y de ahí los resultados). Pero tampoco puede negarse que nuestros antecesores al acudir al matrimonio no estuviesen adorando a otros dioses. Los padres determinaban el contrayente sin preguntar a los hijos, justificando su elección en intereses económicos, dinásticos o políticos. ¿Y no eran ellos idólatras del Becerro de Oro, no eran idólatras de Júpiter, dios del Poder?

El código legislativo actual no puede hablarnos de amor, aunque curiosamente algunos juristas no dudan en hacerlo (para René Savatier el contrato matrimonial es «la traducción jurídica del amor»). Sin embargo, una Ley muy antigua -en la que seguimos confiando- está fundamentada en el Amor: los Mandamientos de la Ley de Dios se resumen en uno, «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo».
Y en libros también muy antiguos se hace hincapié en el amor entre los esposos. Ya en el Génesis se dice «Amaba Jacob a Raquel…y sirvió Jacob a Raquel por siete años, que le parecieron sólo unos días, por el amor que le tenía» (Gen 19, 18, ss). Cuando la madre de Samuel se quedaba sin hijos y se entristecía por ello, su marido, Elcana, le decía: «Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué está triste tu corazón?¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?» (1 Sam, 1,8)
Particularmente, yo me aventuro a pensar que es el amor -y no Eros, ni la decencia, ni mucho menos el sentido común- quien mueve a C.S. Lewis al loco deseo de perpetuar su vínculo matrimonial más allá del cumplimiento del código canónico, más allá de la muerte:
"Éramos uña y carne. Ahora la uña se ha separado de la carne, no vamos a pretender que el dedo esté completo. Seguiremos casados, seguiremos enamorados. Y por tanto, seguiremos sufriendo. Pero, si nos aclaramos con nosotros mismos, no vamos a estar buscando el dolor por el dolor. Cuanto menos, mejor, para que el matrimonio se conserve. Y cuanta más alegría pueda haber en la unión entre un vivo y un muerto, mejor también."
(C. S. LEWIS, Una pena en observación)

jueves, junio 08, 2006

ROSA KRÜGER

Teodoro Castells, narrador de un rosario de leyendas populares y de historias míticas contadas al calor del fuego; peregrino de barro que cae y se levanta, moldeado poco a poco por la Divinidad y por el recuerdo de una visión fugaz y redentora —una alegre y sencilla alsaciana, con «una infantil y luminosa hermosura» que un día le ofreció su croissant—, a la búsqueda escarpada de su nombre inolvidable y poderoso: "Rosa Krüger". La larga espera no fue en vano, como tampoco lo fue la que dedicó Penélope a Ulises, ni los siete años en Siberia que padeció Raskolnikov para enmendarse y regresar hacia Sonia. Y la búsqueda fue mutua. Porque ella no sólo encarna el amor ideal, sino también ese afán amoroso que expresó Pedro Salinas en unos versos célebres: "Es que quiero sacar de ti/ tu mejor tú/ ese que tú no viste y que yo veo"...

ROSA KRÜGER. O la angélica "nadadora" que salvó a Teodoro Castells del fondo de un océano turbio y le descubrió "la nueva criatura que ya era" desde aquel preciso momento en que fijó en él "sus grandes ojos límpidos de niña".

Doy las gracias a Teodoro Castells, a Rosa Krüger y a su creador, Rafael Sánchez Mazas. También a mí me hubiera valido la pena esperar media vida para oír esta historia. Pero tuve la fortuna de que "alguien" me la entregó antes. Me acompañará, pues, en mi juventud y, espero, hasta la vejez, el peregrinaje errático de Teodoro, la risa pero también la «Melancolía trascendental de Rosa», razón de su especialísima visión del amor:

"-Teodoro, ves que soy tan alegre. Pues no te inquietes si a veces, cuando estemos casados, me ves un poco triste. No será por ti. Será de pensar lo pronto que se nos va esta vida, lo poco que valen la felicidad, la belleza, la fortuna, lo pronto que nos llega el más allá, la presencia de Dios ante la cual valdremos tan poco. El amor vale, Teodoro, si para esta vida y para la otra nos hace mejores. Y si no, no es verdadero amor. Si no me hubieras gustado yo no te hubiera nunca dicho que sí. Soy una muchacha cualquiera, una mujer de carne y hueso. Pero aunque me gustaras yo no me hubiera enamorado de ti si no te hubiera oído que por mí, por haberme visto una vez, habías querido ser mejor y habías dejado de pecar."

(SÁNCHEZ MAZAS, Rosa Krüger)




sábado, junio 03, 2006

NECIAMENTE EDUCADOS


Las 8:30 de la mañana. Entro en una cafetería. A pesar del sueño intento ofrecer una sonrisa —«Buenos días. Disculpe, sería tan amable…» La camarera me mira con cara de asco y me da la espalda, no sin antes dar un bufido. Después de conseguir pedirle, por favor, un café con leche bien largo de café, me trae leche manchada, —«Ah, le había pedido…bueno, no importa, gracias…» Me pone mueca sarcástica y grita: «Qué? ¡¡No está a tu gusto***!?» Llego a la universidad. He de pedir un resguardo en Secretaría. —«♪Buenos días♪». Silencio. Y repito: —«Buenos díaaas». Silencio. Al fin me responde una voz agria: —«***Que te esperes». Silencio. Doce eternos minutos de invisibilidad absoluta frente a una melena rubia echada sobre el teléfono. Oigo que habla de una tal Rosa que se ha comprado un palacete en las afueras pero que es tan boba que no sabe que su marido la engaña con Luisa. Al fin alza la mirada. —«Hola, buenos días, venía a recoger el resguardo…»; Por respuesta obtengo, a secas, un «No. Estoy ocupada». Y otra vez la melena rubia sin cara, que adivino de hastío. —«No se preocupe, si ahora no puede atenderme ya pasaré en otro momento». Esta vez me mira, con cara de indignación, como queriendo decir «Y a mí qué me cuenta ésta».
[***: improperios varios; : gesto amable, ♪: tono suave]

Qué pena. Al final va a ser cierto lo que decía un personaje de Carmen Kurtz, la educación «es un lastre terrible». Contra lo que nos enseñaron nuestros padres y burlando a lo que en un futuro inculcaremos a nuestros hijos, los buenos modos no te llevan a todas partes. Porque en todas partes hay ineducados, y a éstos no hay nada que les repugne y fastidie más que el trato amable y exquisito.
Pero perseveraremos, aunque sólo sea para perpetuar otra de las características que nos diferencian de los simios…

«En cierto modo la educación, los modos heredados de generaciones de gente educada y de buenos modos, es un lastre terrible. Gala y yo somos cobardes, incapaces de dar un chasco. Es más, somos neciamente educados. Porque ser educado tendría que representar una ventaja, y siempre que uno trata con ineducados se convierte en un inconveniente

(Carmen KURTZ, Las algas)

miércoles, mayo 31, 2006

POETA LUNÁTICO...


Las cartas entre escritores son un documento de lo más interesante y entretenido…
Esta carta de María Martínez Sierra escrita a Juan Ramón Jiménez en 1905 deja ver, por ejemplo, esa virtud tan femenina de la venganza verbal (en cierto modo, bélica) a través de la sutil ironía (a veces no tan sutil)… pero también el irremediable y generoso amor que le inspiraba su "poeta lunático, embrujado amigo"...
«Bicho infame, poeta del demonio ¿ahora salimos con que mis cartas “van llenas de rellenos por falta o por sobra de sinceridad”? ¿A qué llama V. rellenos, grandísima fiera, o qué cartas hay que escribirle a V. para que le agraden? ¿Quiere V. que me sienta lunática como Georgina y que le hable de suspiros y lágrimas, o quiere V. que le diga, como Acebal a mí que tengo nostalgia y no sé qué? Eso en primer lugar sería mentira, y en segundo literatura, y le quiero a V. demasiado de veras para gastar literatura en decírselo…es decir “le quería” a V., porque ahora estoy tan indignada que casi me alegro de que Madrid esté a quinientas leguas de Bruselas.
¡Muy bien! Así se paga la buena amistad: yo escribiendo cartas tan
horriblemente cariñosas, que casi me conmueven a mí misma, cuando las leo para poner las comas en su sitio, y el…muy calamidad que las recibe quejándose de la “sobra de sinceridad” que, leyendo entre líneas, supongo yo que significa falta de cariño.
Entonces ¿qué voy a decir yo de las cartas de V., que lo mismo pueden ser para mí que para el moro Muza, en las que hay que buscar con lentes una palabra de cariño, en las que ni una vez se le ocurre a V. decirme que me echa de menos? [...]

Celebro que haya V. dejado el suicidarse para el otoño próximo: para entonces estaremos nosotros de vuelta en España. Y verá V. como tomando juntos unas cuantas tacitas de té, encontramos alguna razón poderosa para suspender la tragedia definitivamente. [ …]

sábado, mayo 27, 2006

RETAHÍLAS PIDEN RETAHÍLAS


El comentario del poeta Jesús Beades sobre la posible gestación de una “Generación Blogg” me ha hecho pensar en esta nueva forma de comunicación.
Alguien me explicó que el Blog era como un diario personal (que ha abierto su cerrojo, en este caso). Trapiello decía que “escribimos un diario porque no somos personas enteramente felices. La felicidad excluye toda escritura de esta naturaleza.” Pero yo creo que no, que la felicidad se consigue a través del ofrecimiento, del dar, del crear: "felicidad", en su acepción antigua significa ser fértil, engendrar.
Y la escritura, entendida como un “servicio a los demás” (dijo E.García Máiquez), está destinada a cumplir el requisito de fecundidad, de felicidad.
En realidad, el Blog no tendría sentido sin el afán de salida, de búsqueda del otro. Y lo que más me encanta es la voluntad de cada “blogger” de ofrecer a los demás un pedazo de su mundo –pensamiento, poesía, imaginario, humor-, y convertirlo en diálogo, en una inmensa “red”de diálogos. No puedo evitar traer algo de Retahílas, novela hablada y espléndido canto a la comunicación humana.
La autora defiende que es la presencia del otro, real o inventada, lo que facilita la expansión verbal. Eulalia dice "hablar es inventar, lo pide el que escucha". El interlocutor que goza de lo que oye. Y Germán, "tus historias me gustan", "me gustan las historias contadas con esmero y son las únicas que me creo", personaje que insiste en el cañamazo del diálogo: "recoger la palabra del otro y meterla en la frase siguiente propia", y reconoce que le cuenta a Eulalia porque "me das pie, porque retahílas piden retahílas"
"Los que hablan tejen algo en común. Al hablar perfilamos, claro que sí, inventamos lo que antes no existía, lo que era puro magma sin encarnar, verbo sin hacerse carne, lo que tenía mil formas posibles y al hablar se cuaja y se aglutina en una sola y única, en la que va tomando; poder hablar, Germán, es una maravilla"
(C.MARTÍN GAITE, Retahílas)

viernes, mayo 26, 2006

EL HOMBRE ES UNA BURBUJA


No quisiera pasar un día sin tener presente que la continuidad de esta vida, la mía y la de los que me rodean, es tan quebradiza como azarosa. De hecho, como diría mi querida Carmen Martín Gaite, “lo raro es vivir”. Pero cabe la esperanza y la voluntad de que no habrá sido en vano. Erasmo de Rotterdam nos lo recuerda acudiendo a un pasaje de la Ilíada, gran obra que funde épica y lírica magistralmente...


El hombre es una burbuja (Homo, bulla).
Este proverbio nos avisa que no hay cosa más frágil, más fugaz, más huero que la vida humana. Bulla, en latín, vale en romance por aquel glóbulo lleno de aire, inane, que se forma en la superficie de los líquidos que, en un momento, aparece y se desvanece. […] Al símil de las burbujas allégase aquella noble comparación de Homero a las caedizas hojas de los árboles. Así habla Glauco en el libro VI de la Ilíada: «Tal es el linaje de los hombres, como el de las hojas que el viento desparce por el suelo; pero muy luego la selva, reverdeciendo, las saca nuevas, así que el aura primaveral soplare
.»”
(Erasmo de ROTTERDAM, Adagios)

jueves, mayo 25, 2006

LA FELICIDAD DEL ARTISTA


Desde el romanticismo, el artista moderno se siente único; ser privilegiado en sus capacidades sensibles y reflexivas; criatura dotada de una aguda conciencia de la Vida y del Mundo, de la Belleza y del Dolor, de Visible y de lo Insondable. Y se regocija en la (vana) creencia de que su vivir es más auténtico que el de los insensibles, el de los superficiales, o simplemente, el de la “gente” corriente.
En el intrincado deambular bajo la noche toledana que nos ofrece Carmen LAFORET en Al volver la esquina, Martín toma conciencia de que la felicidad sencilla “de los otros” es, probablemente, más razonable que su trascendental y perenne inquietud.

Pero me atrevo a suponer que Martín, como tantos artistas, filósofos y poetas, renunciaría a la Felicidad antes de someterse a una vida mediocre...

Nadie me consideró loco en el sentido que lo decía Anita, hasta la noche toledana. En realidad yo era loco, si ser loco quiere decir tener un mundo íntimo distinto al de los demás, pero mi locura terminaba en los límites de mi frente. En la vida era cauto, tranquilo, y no me había batido nunca con los molinos de viento. Prefería escaparme de la gente que oponerme a ella con una lógica mía que sabía diferente de las personas que me rodeaban. Quizá no me gustara el mundo ni el tiempo que me había tocado en suerte vivir, pero tampoco acababa de darme cuenta de ello si era así. Pasaba distraído entre la gente de la calle y entre gentes que veía a menudo también. A veces, los notaba tan seguros con sus intereses pequeños, tan felices con sus logros, que pensaba que quizá tuvieran razón todos menos yo. "

(CARMEN LAFORET, Al volver la esquina, cap.V)

LA COMEDIA HUMANA


William SAROYAN (1908-1981) es el autor de La comedia humana, bellísimo relato sobre la vida cotidiana en una pequeña población de California. La Segunda Guerra Mundial es el oscuro telón de fondo sobre el que brilla Ithaca, patria mítica y hogar universal de todos los soldados que están en el frente, remanso de paz, de inocencia y de humanidad en medio de un mundo caótico y absurdo. Espléndido mosaico en el que se entremezcla lo bueno y lo malo, lo trágico y lo cómico, lo banal y lo trascendente del ser humano:

La madre de Homer, personaje de singular hondura, advierte a su hijo que «no hay que tener miedo de los hombres», «el mundo está lleno de criaturas asustadas. Y como están asustadas, se asustan entre ellas. Intenta entender. Intenta amar a todo el mundo que te encuentres». Enseñanza que toma también de Grogan, sabio e impenitente bebedor del que muchos se apartan al verle venir zigzagueando por la calle. De su voz ebria recibimos una preciosa lección de humanidad y de humildad, a mi modo de ver.

"El señor Grogan fue a su silla y se sentó. Al cabo de un momento miró al chico que estaba al otro lado de la mesa, no sentado sino de pie. –Me siento mucho mejor cuando estoy borracho. – Luego sacó la botella y dio un buen trago.- No voy a decirte que no bebas nunca. No voy a decir, como dicen algunos tontos, “Aprende la lección de mí. Mira lo que me ha hecho la bebida”. Pues bien, déjame decirte algo. Ten mucho cuidado con todo lo que tenga que ver con las personas. Si ves algo que estás seguro de que está mal, no estés seguro. Si se trata de personas, ten mucho cuidado. Me perdonarás, pero tengo que decírtelo, porque eres un hombre a quien respeto, así que no me importa decirte que no está bien criticar la forma en que es nadie. A medida que un hombre se acerca al final de su época se alegra por las personas a las que conoce que van a continuar en el mundo cuando él se vaya. ¿Puedes entender lo que te estoy diciendo? […] Te estoy diciendo esto: da gracias por ser quien eres. Sí, por ser quien eres. Da gracias. Entiende que un hombre es algo por lo que él mismo puede dar gracias y tiene que dar gracias. Da gracias porque el hombre que eres tendrá la confianza de unos totales desconocidos."
(William SAROYAN: La comedia humana, El Acantilado, 2004)